sábado, 10 de febrero de 2018


Suena el teléfono en la oficina de los servicios sociales.
    “Servicios sociales, dígame?”.
          Al otro lado se oye una voz lejana, torpe y nerviosa. “Quiero hablar con la trabajadora social. Necesito que me informe sobre  una carta que me ha llegado”. ¿Cuándo puedo ir a verla?
         Se le emplaza para el siguiente día a las 10 de la mañana. Son las 9,30 y aparece Antonio con la suficiente antelación “para no tener que esperar y por si hubiera mucha gente como otras veces. Así entro el primero”, dice.
         Se sienta ante la trabajadora social y saca de su carpeta de documentos importantes la carta recibida, impoluta,  sin un atisbo de arruga, cerrada minuciosamente después de haber visto la importante firma de su remitente. Se la entrega con  un tímido temblor, ávido de información e inquieto ante su contenido.
         “La he leído y no he entendido bien lo que me dicen. Es la señora ministra que me habla de mi pensión y no sé en cuanto me va a quedar”.
         Cuando se le informa de la subida en un 0,25% y como su incremento se traduce en 1,75 euros más de su mensualidad, la irritación y el nerviosismo comienzan a hacer acto de presencia en su rostro. El tímido temblor inicial se acrecienta al releerla y repetir los párrafos de gratitud y  reconocimiento a su comprensión que le realiza la ministra. La rabia  se acrecienta  cuando como colofón a la “alegre noticia” lo despide con sus mejores deseos para el 2018.
         Con el coraje que su impotencia le produce, pregunta a la trabajadora social“: ¿Me puede ayudar a redactar una carta de respuesta?: “Quiero mantener informada a la ministra como  voy a gestionar  esta subida y cual va  ser mi plan de inversión para el este año”
         La profesional se erige en portavoz de sus sentimientos, rabias, irritaciones y coherencias de su lúcida y avanzada edad (a Antonio lo que menos le  preocupa en esos momentos  si soy portavoz ó portavoza y a la que suscribe menos). 


          Con voz firme y segura, empieza a dictar su misiva.

         Señora ministra, he recibido su indignante carta informándome de la degradante subida de mi pensión. He sopesado si devolvérsela, recusando su contenido ó responder informándole de mi plan de inversión para este año. Me decanto por esta última opción en un ejercicio de terapia que hoy sustituyo por la que realizo diariamente en el centro de día haciendo mandalas.
          Con los casi 25 euros  a mayores  que voy a percibir al año, he decidido que no les voy a dar propina a mis nietos, ni ayudar a mis hijos que están disfrutando del  desempleo de su plan de empleo. No pienso hacer ningún plan de ahorro para pagar lo que no puedo. Le diré a mi médico que se olvide de graduarme de nuevo  la vista, cambiar la  prótesis dental  y el audífono. Seguiré comiendo no lo dude, pero  ahora más purés, compraré una lupa para leer lo que no me haga daño  y deleitarme con los escritos que defienden la dignidad y justicia que ustedes están menoscabando. Tampoco voy  a viajar a ningún balneario y a esas excursiones de su inmerso que me van a ofertar en los próximos días en otra de sus cartitas, ni me apuntaré a ningún programa de huertos comunitarios para plantar los tomates que me pide el cuerpo enviarle educadamente vía aérea.
          Envejeceré de forma activa pero no a costa de sus insensibles deseos. Mientras el cuerpo me aguante seguiré disfrutando de la naturaleza, de las buenas compañías y de lo bueno que todavía queda en esta sociedad.
          Mantendré mi mente despierta para prevenirme  de las falsas promesas y los buenos propósitos de ustedes. No quiero que nadie me tutele con mentiras y si algún día la  cabeza me falla, deseo ser  yo con mis chifladuras el único responsable de mis desórdenes mentales.
          Esperando que al recibo de esta misiva se encuentre usted planificando su marcha del ministerio (sin acritud se lo digo) en dirección  a la romería del Rocío, se despide atentamente”,
Antonio

jueves, 7 de diciembre de 2017


      “Yo también voy a cenar marisco”. Esto fue lo que decidió  la protagonista de este relato días antes de navidad. Habitualmente ella come poco y mal. A veces,  porque no tiene comida suficiente y otras porque teniéndola, la falta de dientes y los tornillos que sustentan sus mandíbulas, se lo impiden. Su estómago se desenvuelve así  en una  continua contradicción de deseos de comer  y nauseas por hacerlo. Llevaba más de un mes oyendo la música repetitiva de la llegada de la navidad con los anuncios y promociones de la gran cena y pensó “por qué  no voy yo a cenar marisco con lo que me gusta”. Programó hacerse su propia sopa de pescado. Tenía todos los ingredientes (cazuela, sopa, agua y fuego para hacerla) pero le faltaba el marisco. Así que ni corta ni perezosa, como cada noche se dirigió a los contenedores del supermercado de su barrio en busca de los codiciados ingredientes. Abre uno de ellos, mira en su interior y ve los deseados enseres culinarios: arriba  las gambas, en esa esquina las almejas y en el fondo el congrio. Sin dudarlo los recoge y los introduce  en su particular bolsa de compra.
         Ya en  casa  y con todo el pescado delante, son tantas las ganas que tiene de saborearlo, que cuando lo deposita en la cazuela para cocerlo, no se percata del desagradable olor ni del mal estado en el que se encuentra. Solo piensa en su sabor y  como  va a disfrutar  sin tener que masticar en esta ocasión. Y más hoy que  el estómago le está  pidiendo fiesta de la buena con música de plácida digestión.
         No ha pasado ni media hora desde que degustó su particular cena y los fuertes dolores por todo el cuerpo empiezan a hacer acto de presencia. Siente como su corazón se le altera, la cabeza  le martillea, en su boca solo hay sabores  metálicos  y  los vómitos y náuseas son continuos. Ve como las luces de su fiesta se apagan y se encienden las de la ambulancia que la recoge y traslada  a urgencias médicas.
         “Me intoxiqué toda. Tuvieron que lavarme el estómago, ponerme a andar el corazón normal, sacarme sangre, meterme suero e hidratarme. Me vi muerta”. Así detallaba una semana después, la odisea de su deseada cena. Se sentía culpable porque le tuvieron que llevar al hospital y le regañaran por tomar alimentos en mal estado y continuamente se justificaba  al no  haberlos podido comprar.
         Es evidente que la navidad que nos vende esa sociedad consumista no es igual para todos y aunque coincidan los deseos de poder disfrutar de “los manjares navideños”, algunos deleitan marisco exclusivo y otros los restos que han quedado de “los exclusivos”. Y las malas digestiones a unos se le provocan por la  sobredosis de su abundante dosis de comida mientras otros las sufren  por la ingesta de productos  en mal estado.
         Tienen que producirse muchos cambios en la  sociedad para que la comida no sea aún causa de desnutrición, intoxicación o sobredosis y la justicia distributiva de alimentos deje de ser una utopía para muchas personas.
miércoles, 1 de noviembre de 2017


    Pasadas ya casi dos semanas de la celebración del Congreso de Mérida y después de haber leído diversas valoraciones de profesionales que allí estuvieron, quiero dejar la mía propia tomando como referencia el título de la canción de Soledad Jiménez, que tan magistralmente nos amenizó en el Anfiteatro Romano.
         Han sido diferentes las miradas y relatos realizados por compañer@s de la blogoTSfera ( ver) que para quien no haya estado, creo que ofrecen una variada y enriquecedora visión de los allí ocurrido y sus contenidos. Por eso no me voy a detener en el relato de las ponencias y comunicaciones a las que pude asistir (no todas las que hubiera querido por el “overbooking” existente en muchas de ellas) porque creo que han quedado ampliamente documentadas en  las entradas realizadas por l@s compañer@s.
         “Cómo hemos cambiado”. Cuando oía a Sole Jiménez cantarnos esta canción miraba a mí alrededor y efectivamente veía lo que hemos cambiado. No es habitual hacer la inauguración de un congreso en un anfiteatro romano (gran acierto de la organización). Y una que se pone a elucubrar y se remonta a épocas pasadas en ese escenario, le viene a la mente el motivo por el que se reunían los romanos allí, esperando ver la lucha entre gladiadores y fieras. Me detengo en el público y escenario actual y veo que aunque algunas fierecillas y  gladiadores nos encontramos en esta profesión, nuestra lucha viene por otros derroteros. Son más bien las piedras de ese anfiteatro, que han dado constancia,  solidez y permanencia en el tiempo, las  que se asemejan con la  perseverancia de nuestro trabajo.
         “Cómo hemos cambiado”. Cambian escenografías, formas de comunicarnos (las redes sociales acercan la información al segundo), varían las experiencias y  surgen nuevas iniciativas de emprendedores/as en trabajo social que han permitido desencorsertar la profesión, sacarla de inflexibilidades y darle un nuevos aires a rígidas estructuras ( enhorabuena a tod@s los que estáis en ello ).
         “Cómo hemos cambiado”. Cambian formas (bienvenidas) pero no cambia el fondo. En trabajo social lo esencial está dicho. Se puede expresar de muchas y variadas maneras, con muchas y diversas experiencias y desde múltiples visiones y lugares (como hemos podido comprobar en este encuentro con colegas de otros países) pero lo esencial no cambia.

        Y lo esencial pasa por la herencia que nos han dejado esas pioneras que nos fotografían en la “alfombrilla/regalo”.Acertada combinación  de sus imágenes como  soporte de apoyo de nuestro ratón informático y ver cómo el  pasado sirve de  sustento al avance presente.
         En trabajo social lo esencial pasa sobre todo  por nosotros mismos y se hace visible como expresó Teresa Matus en su ponencia inagural si “somos capaces de empoderarnos, transformarnos como profesionales para poder empoderar y transformar a las personas”. Totalmente de acuerdo. Sin empoderamiento es imposible “innovar, destruir para construir e incluir sin excluir”, como nos recordó en su alegato final. No es trabajo social estático y encorsetado,  que no detecta “los puntos ciegos” en la intervención, el  que nos han trasmitido sus pioneras.
         Muchas cosas han cambiado. De ahí el lema “construir comunidades sostenibles” que nos llevó a este congreso. Diferentes exposiciones y  experiencias que allí pudimos escuchar y compartir  nos han permitido vislumbrar la necesidad de cambios en el hacer profesional, pero también otras muchas  han dejado patente que “no todo ha cambiado” y que  se diga cómo se diga, lo esencial se perpetúa.

martes, 29 de agosto de 2017
Inicio en este Vademecum una serie de  entradas basadas en la relación profesional  con diferentes tipologías de usuari@s  y situaciones creadas en el proceso de intervención  con  motivos de reflexión que me permiten dibujar escenarios que para muchos seguro no le son ajenos. Espero que los síntomas de las disfunciones y malestares, las asepsias,  procesos de rehabilitación y bienestares que aquí se describan, nos identifiquen y encuentren en el día a día de nuestros trabajos y permitan reconocernos en nuestras aventuras, emergencias, infortunios, potencialidades y carencias profesionales.

         En el ejercicio del trabajo social no es lo más  habitual ser Dios. En los tiempos que corren muchas veces te pueden  convertir más en demonio que otra cosa. Puede, no obstante, ocurrir que te sorprenda un día alguna  persona  elevándote a los altares y vean en tu cara al mismo  Dios bajado de nuevo a la tierra y   no  precisamente por haber hecho ningún milagro sino al presentarse ante ti un usuario que bajo los efectos del desayuno de hierbas y secuelas del sermón de un bienintencionado obispo evangélico, recibe la concesión de la prestación económica solicitada.
         La familia en cuestión que de repente te eleva de rango, no es prototipo de esfuerzo ni ejemplo de inserción social y laboral. Su deficitaria situación nunca ha sido  coyuntural. Se desenvuelve a la perfección en la demanda de servicios sociales, hacen historia de sus trapicheos, con separación matrimonial incluida para percibir cada cónyuge por su parte prestación económica en concepto de padres separados. Quiere el destino que el  nuevo embarazo de la mujer delate su “aparente separación”, la familia aumente, sus necesidades se acrecienten y la prestación que urge, un día por fin se resuelva y se presenten en tu despacho :”que me lea la carta, que no la entiendo”, le relates su concesión y cuantía ( la máxima en este caso por ser ya familia numerosa) y en medio de tu explicación percibas la alegría y el júbilo de la pareja y sientas  como todo lo que le indiques para el proceso de seguimiento de “sus males”, le sienta bien, que no exista ningún impedimentos  a los cumplimientos que la prestación les obliga. Es en este momento cuando el profesional se convierte en Dios: Maria, le dice el marido a su mujer “me está hablando Dios”. Mira que una ha recibido acepciones en su vida laboral, pero esta ha sido extraordinaria. Sin quererlo nuevo título, un ascenso y ni más ni menos que a los cielos.
         En este estado divinidoso me he mantenido un tiempo, divinamente tratada por María y su cónyuge, hasta que un día  uno de sus compromisos no se cumple y la cita obligatoria a la oficina de empleo deja de hacerse, surgen enfermedades injustificadas varias…  teléfono que no funciona…  llamadas que no reciben… y la prestación se le suspende. En un pis pas, la trabajadora social es bajada del cielo al infierno y se convierte en demonio. “Esto nos pasa por hacerle caso a la asistenta que nos obligó a juntarnos cuando nació la niña”. Así de sencilla y lógica su justificación.
         Si un día te sorprenden elevándote fácilmente a los altares, no te sorprendas en la bajada a los infiernos tiempo después, porque no es fácil “ser Dios” en esta profesión. Mejor que nos pillen confesados para descender bien preparados.

MAREA NARANJA

MAREA NARANJA
Pincha aquí

Este blog forma parte de la BlogTSfera

Este blog forma parte de la BlogTSfera
Pincha para entrar
Con la tecnología de Blogger.

Entra aquí

Traductor

Puedes seguirme desde tu correo electrónico

Seguidores